Cicatrices de mi encierro: Antología de cuentos y otros escritos desde las prisiones

 

 

 

 

Entre colmillos afilados, lobos y barrotes

 Prólogo

 Por Emilio del Carril

El encuentro sería férreo, quizás hasta despiadado. Me encontraba en la 292, cárcel de máxima seguridad en Bayamón. La rigurosidad del cateo incluyó a dos perros que no movían los rabos, señal que presagiaba desgracias. Yo oraba para que el aire no tuviera trazas de alguna sustancia controlada que se me pegara en la ropa e hiciera que me dejaran destetado de mi recurrente café, de Netflix, de Facebook… solo. Tuve algo cercano a un ataque de pánico, pero me había comprometido y no fallaría a mi labor. Después de aguantar la respiración por 106 segundos frente a dos canes, un oficial me escoltó hasta el lugar en el que daríamos los talleres. Allí, vestidos del azul intenso distintivo de los de máxima, estaban ellos: una veintena de jóvenes impecablemente acicalados que parecían listos para la juerga de un sábado en la noche. Fueron corteses, educados, pero parcos. Sus miradas parecían intentar definir sus dominios. De todas formas, ellos eran dueños de sus confines y yo, solo un intruso. Comencé la clase con mi mejor carta: El árbol generoso. Estuvo bien, pero no causó gran impacto.

En ese momento solo me importaba el control de grupo: que no hablaran, que se quedaran quietos (aunque tenían cadenas en los tobillos), y que dejaran sus miradas escudriñadoras, severas, como si yo no pudiera cumplir con sus estándares. Supe el porqué luego, cuando me informaron que muchos de ellos tomaban clases con maravillosos profesores como Wanda I. Ramos, María Elba Torres y el querido Fernando Picó. Era una vara alta, puesto que, en mi caso, el grupo tenía diversos niveles de aprendizaje, escolaridad y conocimientos.

Al igual que en máxima seguridad de mujeres, con excepción de dos, los demás podían ser hijos míos. Sus zapatillas deportivas parecían nuevas, claro, no se habían expuesto al lodo de la libertad. Instintivamente, se agruparon por edades. Busqué un alfa, identifiqué a Juan, un caballero de mi edad cuyos ejercicios literarios me parecieron excelentes. Poco a poco fui conociéndolos. Llegaban a la clase con las tareas realizadas, y, en muchos casos, estas superaban mis expectativas.

Durante el periodo tuve la encomienda de fomentar la creatividad. Algunos de los ejercicios fueron: contar una memoria, escribir desde la perspectiva de un hombre lobo, inventar la historia de una foto antigua, utilizar un “pie forzado” para incluirlo en un texto, y escribir sobre el fin del mundo.

El libro que usted tiene es una compilación de algunos de los ejercicios que les asigné. Es importante acotar que estos participantes no tienen una computadora, ni siquiera una burda maquinilla. Escriben a mano, no pueden editar, en general pasan el texto de nuevo cuando quieren hacerle cambios. Tienen que comprar sus libretas y sus bolígrafos.

Cuando navegue por el mundo fantástico de ellos, sea indulgente, en algunos casos las letras de sus manuscritos son difíciles de entender. Cometen errores, pero también los cometemos nosotros que tenemos el diccionario al alcance de un clic. Nosotros podemos verificar las conjugaciones de los verbos, buscamos en Google cualquier duda, usamos el corrector de Word, pero ellos no, ellos viven con los referentes que acumularon antes de entrar al presidio y algunos libros viejos que sobreviven en la biblioteca. No quiero imaginarme en este escenario. Le suplico que medite si son capaces de redactar escritos decorosos bajo estas circunstancias, imagine lo que podrían hacer si su sensibilidad es activada. Si les enseñamos que la buena literatura, aunque describa la tragedia de eso que llamamos vivir, es bella porque nos hace un poco mejores, porque nos distancia de la irracionalidad, aunque plasmemos la falta de razón en un cuento. Se puede aprender a amar la vida con todas sus connotaciones cuando intentamos penetrar en la muerte ajena. Cuando sufrimos de licantropía, cuando somos incomprendidos y tenemos que “frontear”. Ser hombre no es fácil, como tampoco lo es estar encerrado y querer abrazar a nuestros afectos o simplemente disfrutar de la misma luna que otros ignoramos. Si entiende que lo que les ocurre es la paga por sus pecados, si el prejuicio lo nubla, y riega con cuidado el jardín en el que cultiva las espinas de la insidia, si afirma que no hay esperanza, que no se puede querer ser mejor cuando hemos sido lo peor, piénselo, el perdón es la base de gran parte de las religiones. Y si aún después de todo sigue enunciando la palabra culpable, cierre los ojos y admita que, en esta ínsula, cualquier inocente puede terminar siendo lobo y aullar tras los barrotes.

 

 

 

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