Cuentos

Cuentos del taller de cuento en el Residencial Jardines de Cataño, Cataño, PR

 

¿Dónde están mis hijos?

Por: Ángela Calderón Reguillo

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   Esta mañana tuve una plática con mi vecino que vive colina abajo. Me contó que uno de mis hijos me había llamado a su teléfono para notificarme que venía a buscarme para que pasara el huracán María con él y mis nietos. Llevo casi dos horas esperándolo y aun no llega. Estoy aquí, dentro de mi pequeña casita de madera con techo de zinc; escucho las noticias en un pequeño radio de baterías que era de mi difunto esposo. Observo por la ventana y veo cómo poco a poco el cielo se tiñe de un gris oscuro y el ambiente comienza a cambiar. La lluvia se vuelve más fuerte.

   Las horas pasan y no veo rastro de mi hijo. El viento estremece mi techo de zinc. Tengo miedo. Me siento preocupada por mis otros hijos que tampoco han venido por mí. Como cualquier madre, eduqué a mis hijos con principios y valores, pero al parecer no fueron suficientes para que se acordaran, en un día como hoy, de mí. Me duele mucho. El viento sopla aun más fuerte. Agarro mi radio y voy al baño a refugiarme dentro de la bañera, a esperar a que el huracán se marche.

   Estoy demasiado vieja para esto, pero lo único que pienso es en mis hijos y mi esposo que ya no está. La radio parece que se descompuso; ahora ni siquiera puedo enterarme de lo que pasa allá fuera. Siento dolor en mi pecho y escucho cómo el viento habla con furia a través de las ventanas del baño. Me aferro a la bañera como si fuera lo único que he conocido en años. El techo se desprende y la lluvia helada cae sobre mi rostro arrugado. El miedo y la tristeza se apoderan de mí. Mis hijos se han olvidado de su vieja madre en esta casita de madera que poco a poco se convierte en escombros. Mis lágrimas caen y mi corazón de madre se siente afligido y lleno de dolor. Ojala alguien tuviera piedad de una pobre anciana como yo que está a punto de perder la fe en la vida y que lo único que se pregunta constantemente es: «¿Dónde están mis hijos?»

FIN


Ángela Calderón Reguillo (Río Piedras, 1993). Es fotógrafa. Le gusta leer novelas de ficción, romance y libros de espiritualidad. Cada libro que ha leído le ha enseñado muchas cosas, no solo en el ámbito personal, sino también, a desarrollar su imaginación. Entiende que la escritura es un mundo lleno de magia y que es un  don que no todos tienen la dicha de tener. El taller de cuento le abrió un mundo de imaginación y la motivó a plasmar sus ideas en un papel. Fue una experiencia que la llenó de mucha felicidad.



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 Avaricia

 Por: Betzaida Vélez Pizarro

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   Ese domingo la mujer se arrodilló en el interior del pequeño recinto de madera, adonde fue a confesar su pecado.

   —Padre, vengo a confesarme.

   —Dime hija, ¿cuál es tu pecado? —contestó el sacerdote.

   —Soy una persona que no puede quejarse, pues lo tengo todo —expresó la mujer angustiada—. El problema es que siento la necesidad de compartir lo que tengo, pero no puedo.
—Hija, sabes que eso es avaricia. No es bueno.

   —Sí padre, lo sé. El solo pensar que me podré quedar sin nada, me asusta. Me rehúso a salir al mundo a compartir lo que es mío.

   —Hija, eso es pecado —la amonestó el cura—. Mi consejo es que ayudes al necesitado y brindes de lo que tienes.

   —Gracias padre, seguiré su consejo —expresó resignada.

   Aquella mujer salió del confesionario con la firme intención de enmendar su pecado. Comenzó a ayudar al prójimo con desprendimiento, pero su avaricia era tan grande que a todo al que ayudó, después de un tiempo fue a cobrarle con intereses. Gracias a la usura, se hizo más rica que nunca.

FIN


Betzaida Vélez Pizarro (Río Piedras, 1974). Tiene un bachillerato en Comunicaciones. Le gusta caminar, leer cuentos, ensayos, historia y las noticias.  Le apasiona ayudar al prójimo. Tomó el taller de cuento porque le encanta escribir.


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Un domingo

Por: Brenda L. Santiago Rosario

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   Vivía con mis dueños en un barrio llamado Cuchilla. La primera vez que me tomaron en sus brazos me dijeron que tenía unos ojitos azules bellos y un hermoso pelaje blanco. Mi ama decidió llamarme Domingo, porque fue un domingo cuando llegué a sus manos. A penas era un cachorro, aquello fue amor a primera vista. Todo giraba en torno a mí. Me llevaron al veterinario para las vacunas y salí con una placa con mi nombre en el cuello. Si alguien llegaba a la casa le decían que yo era el bebé de ellos. Siempre sacaban tiempo para jugar conmigo; cuando veían televisión me acariciaban y hasta dormía en la cama de mis dueños.

   Con el tiempo crecí y dejé de ser un cachorro, todo cambió. Mis dueños, cada vez más ocupados en sus trabajos, comenzaron a descuidarme. No me acariciaban, ni me permitían subir a la cama de ellos. Un día, mi amo estaba alterado. Lo escuché decirle a la esposa que algo terrible se avecinaba. Pusieron tablas para proteger las ventanas y almacenaron comida para varios días. Ese día ambos se movían alterados de un lado para otro de la casa. Mi amo me regañó porque en dos ocasiones me le enredé en las piernas. La tercera vez que tropezó con mi cuerpo abrió la puerta de la cocina. Yo estaba sentado a sus pies, mirando sin entender el gesto que me hacía con las manos. Al no responder, mi amo me empujó levemente con un pie hasta arrastrarme hacía afuera. Inmediatamente regresé y me enrosqué en los pies del hombre. No entendía lo que ocurría, por qué me querían fuera de la casa si nunca había salido.

   Mi amo, molesto, me tomó por el collar, me sacó a la calle y cerró el portón del patio. Cuando me dijo: «¡Vete de aquí!», comencé a llorar. No sabía qué había hecho mal para que me echaran. Pasé varias horas llorando y ladrando frente a aquel portón. Al ver que no venían por mí, me fui a caminar sin rumbo. Esa noche sentí por primera vez la lluvia y las ráfagas de viento. No sabía qué estaba sucediendo. Sentía que los vientos y la lluvia eran cada vez más fuertes. Estaba todo mojado. Lloraba asustado, pues el viento hacía un ruido espantoso, arrancaba árboles y destrozaba casas de madera.

   Como pude, seguí mi camino sin rumbo, hasta que entré por un lugar que era como un callejón pequeño y oscuro dónde lo único que había eran árboles que el viento movía fuertemente. Mientras avanzaba, vi a lo lejos una luz proveniente de una casa. Sentía miedo, intenté llegar a ella, pero la lluvia no me permitía ver con claridad. Cuando por fin llegué a la casa, observé que no tenía puerta y le faltaban algunas paredes. Entré a refugiarme en ella. Me percaté de que había un viejito, mojado como yo. Estaba llorando, triste y solo como yo. Cuando me vio, me dijo: «Ven, perrito, acércate». Aunque estaba asustado, me acerqué a él y me abrazó.

   —¿Estás solito? —me preguntó—. No te preocupes, que en medio de este huracán te voy a proteger.

   Pasamos la noche y el día juntos. La lluvia no cesaba. A lo lejos se escuchaba la destrucción que las ráfagas de viento ocasionaban. Ese día entendí lo que era un huracán. Cuando todo al fin pasó, el viejito me tomó entre sus manos. Me dijo: «Vamos a salir. Te voy a poner por nombre Miércoles, porque este día llegaste a mi vida a traerme felicidad en medio de tanta soledad y dolor». Llegamos hasta una tienda. Me dijo: «Miércoles, quédate debajo de este arbolito en lo que entro a la tienda». De pronto, un carro gris se acercó a mi nuevo amo. No sabía lo que ocurría. Veía que el anciano me estaba señalando, pero no entendía el por qué. Volvió donde mí y me pasó la mano por la cabeza.

   —Sé que no me entenderás —dijo, con lágrimas en los ojos—. Tengo que darle las gracias a Dios por ponerte en mi camino, pues juntos pasamos un momento muy difícil. Por poco perdemos la vida y sé que, pase lo que pase, siempre tendrás un lugar especial en mi corazón porque soy bien agradecido. Quiero que sepas que esto que voy a hacer me duele bastante, pero tengo que hacerlo.

   Las personas del carro gris, con las que estuvo hablando, eran mis dueños. Se lo confirmaron por el nombre que llevaba en la medalla en mi cuello. El anciano me llevó hasta el auto, les preguntó si yo era su perro y ellos así lo afirmaron. Me dio rabia ver cómo ahora me reclamaban, después de tirarme a la calle. Pensé que no era un juguete al que se toma y se deja al antojo. No estaba dispuesto a volver con los que me abandonaron sin ninguna explicación.

   Observé la tristeza en el rostro del viejo y pensé: «¿Cómo puedo dejar a la persona que me ha dado todo su amor y cariño incondicional cuando más yo necesitaba? Este hombre estuvo ahí sin importar nada. No resistiría dejarlo». Entonces, comencé a gemir y a lamer las mejillas del viejito.

   —Por lo que veo, Domingo le cogió cariño —dijo mi anterior ama—. No quiere desprenderse de usted. Voy a respetar su decisión.

   El auto se marchó.

   —Seremos amigos inseparables —dijo el anciano mientras acariciaba mi cabeza—. Siempre estaré contigo y te cuidaré hasta el final.

FIN


Brenda L. Santiago Rosario (Bayamón, 1987). Culminó el cuarto año. Le gusta escuchar música, cantar, bailar y leer novelas de ficción e históricas. La experiencia del taller la motivó a escribir cuentos por el hecho de que son como la vida misma, y a su vez a sus niños les encantan los cuentos.


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Ojos verdes

Por: Jessica Valentín Molina

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   Lucy jugaba en su habitación cuando escuchó un ruido que venía del patio. La noche estaba silenciosa, por eso se percató de que algo extraño pasaba. El ruido volvió a llamar su atención. Asustada, se asomó por la ventana. Logró ver que dos ojos verdes luminiscentes la miraban desde la casita del árbol. Aterrada, corrió a esconderse debajo de las sábanas. La curiosidad la llevó a mirar de nuevo. Los ojos verdes seguían allí. Corrió a la habitación de su madre a contarle lo sucedido.

   —¡Mamá, mamá, en la casita del árbol hay alguien! —dijo asustada la niña de rostro angelical.

   —Tiene que ser producto de tu imaginación —contestó la madre.

   —Mamá, es en serio, hay alguien porque se quedó mirándome —insistió Lucy—. Estoy asustada.

   —Bueno, vamos a verificar —contestó la madre.

   Temerosa, la niña regresó a su habitación con su madre. Cuando miraron hacia la casita del árbol, no lograron ver nada.

   —Ves, que no hay nadie allá fuera. Todo es producto de tu imaginación —insistió la mujer—. Acuéstate y descansa.

   —Está bien, mamá.

   La madre arropó a la niña, le dio un besito en la frente y apagó la luz.  Cuando Lucy estaba entre dormida y despierta, volvió a escuchar el extraño ruido, esta vez muy cerca. Al despertar, los ojos verdes luminiscentes estaban dentro de su habitación.

   —¡Mamá, mamá, está aquí! —gritó la niña desesperada.

   Ante los gritos de Lucy, la madre corrió hacia la habitación. Al prender la luz, vieron que un gatito blanco de brillantes ojos verdes estaba dentro de uno de los zapatos de Lucy.

FIN


Jessica Valentín Molina (Bayamón, 1978). Tiene un grado asociado en Emergencias Médicas. Le gusta leer cuentos, novelas y fábulas, también escribir, dibujar y hacer manualidades. Tomó el taller de cuento porque le gusta aprender y quiere escribirles cuentos a sus niños.


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Alexandra en el refugio

Por: María Figueroa Pabón

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   Alexandra tenía seis años la noche en que, junto a su madre, tuvieron que abandonar de emergencia su casa para refugiarse en una escuela. La estructura de madera estaba en zona de peligro y se avecinaba un fuerte huracán categoría 5. Las noticias decían que se esperaba mucha lluvia y destrucción. La niña estaba asustada, no entendía lo que significaba el paso de un huracán por la isla.

   Su madre y ella estaban muy tristes porque en el refugio no permitieron a su perrita llamada Estrella; tuvo que dejar al animal solo en la casa. Había familias enteras refugiadas en aquella escuela. Por suerte, la tía y las primas de Alexandra también estaban allí. Al menos tendría con quién jugar.

   Cuando comenzaron a sentirse los fuertes vientos, toda la isla se quedó sin energía eléctrica. La madrugada del 20 de septiembre del 2017, cada rincón de Puerto Rico fue azotado por los fuertes vientos del huracán. Las ventanas del refugio se estremecían, parecía que el viento las quería arrancar. De pronto, comenzó a entrar el agua. Los hombres pasaron la noche sacando agua y moviéndose de un sitio a otro, asegurando las puertas y las ventanas. La madre de Alexandra, que ayudaba a preparar alimentos para los refugiados, sufrió una fuerte quemadura en un brazo. En esos momentos no se podía salir a la calle sin importar el tipo de emergencia. Su madre pasó todo un día soportando el dolor en el brazo. En la noche, cuando el monstruo atmosférico pasó, una ambulancia llevó a la madre de Alexandra a un hospital. La tía de Alexandra quedó a su cargo. La niña pasó cuatro días albergada en aquella escuela convertida en un hogar improvisado para los damnificados por el huracán.

   Al cabo de tres días las aguas bajaron a su nivel y los caminos comenzaron a despejarse gracias a la mano amiga de muchos voluntarios. La madre de Alexandra salió del hospital y fue a buscar a su hija. Todos los que allí se encontraban estaban deseosos por volver a sus hogares. Cuando llegó a su vecindario, Alexandra fue recibida por su perrita que, gracias a Dios, había sobrevivido. De la casa de Alexandra y su familia, solo quedaban los cimientos.  El huracán había arrancado las paredes y el techo de la vivienda. Todo por lo que su mamá luchó y trabajó durante su vida lo habían perdido. Alexandra vio a su madre llorando y lloró con ella. La madre consoló a Alexandra diciéndole que volverían a empezar de cero para tener sus cosas nuevamente.

FIN


María Figueroa Pabón (Bayamón, 1982). Estudió Cosmetología. Le gusta leer cuentos, pintar y escribir. Tomó el taller de cuento para poder ayudar a sus dos niñas.


 

 

 

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