La premeditación de la tinta

Prólogo

Por Dalia Stella González.

Los pisos de la institución resplandecían. El brillo del encerado me obligó a parpadear de manera consciente en repetidas ocasiones mientras atravesaba el largo pasillo que me conduciría a encontrarme con mis nuevos estudiantes. Este pasillo es tan largo como Las mil y una noches… tan inmaculado como una hoja de papel en blanco, me dije un poco en broma y mucho de ironía. El objetivo inmediato era esquivar aquel resplandor sin pisar la línea amarilla hasta llegar al salón asignado.

Dalia Stella González
         Dalia Stella González

A los pocos minutos, fueron entrando al salón por filtración. Era mi cuarto taller con el Instituto de Formación Literaria que dirige la escritora Mara Daisy Cruz, pero sería mi primera oportunidad para convencer a trece hombres de que la resistencia y el poder no se improvisan; me había obsesionado saber que entre los hombres que respiran el hedor del encierro viven escritores dormidos.

Una vez más, un salón del área educativa se transmutaba en un espacio ficcionado que provocaba inventar historias cargadas con toda la intencionalidad de producir un efecto demoledor en los lectores, un secuestro con las armas de la tinta y el papel. Una vez más la conexión entre nosotros fue inmediata, pero no sé porqué los avances literarios tardaban un poco más de lo que yo anhelaba.

En la tercera semana, quise renunciar. Ninguno de estos hombres  era responsable de mi frustración. Las circunstancias personales me abrumaban, así que comencé a sospechar de mi incapacidad para continuar en el proyecto. Me sentía vulnerable. Y la perfección de aquellos pasillos encerados acentuaba mi inconformidad. Llamé a mi amiga y colega Mara Daisy para entregarle el taller y mientras la escuchaba recordé la carta que me escribió A. B. Maurent—aquel joven escritor del Anexo Guayama 500—: “Quiero escribir, licenciada, quiero publicar, quiero ser leído. […] Quiero esa inmortalidad”. Otra voz me asaltó la memoria, la de José A. Marrero: “… no solamente creyó en mí…, pero también buscó la manera de que cada uno de nosotros sacáramos de nuestro interior lo mejor… aunque solo fueron ocho días, para mí fueron una vida”.dsc03491-2

Y todo se me aclaró. Era un proceso distinto. Ellos necesitaban convencerse de que serían publicados, de que tenían algo importante que decirle al mundo. Entonces, llegué con mi cámara fotográfica para tomarles las fotos que acompañan esta publicación. Durante la sesión asumieron poses de escritores publicados y descubrieron el poder de la imagen al dispararse ese aparato. Trabajamos duro las semanas siguientes, pero desde la horizontalidad que genera el sabernos compañeros de la palabra. Habían descubierto sus voces en la brevedad de un suspiro.

Los relatos que leerán a continuación —insisto que más sabios fueron si decidieron leerlos primero que este prólogo— no cuentan la violencia ni agonías de sus autores en el encierro. Son relatos humanos desde la libertad que genera la mezcla del papel, la tinta y el alma en cualquier lugar. Pero estas historias conllevan el agravante de la premeditación de asumirse como escritores, de mancharse los dedos con la tinta, de la imperfección humana.

El último día del taller, caminamos todos juntos por el pasillo resplandecientemente encerado y pisamos la línea amarilla; nuestras pisadas manchaban con tinta el suelo de manera deliberada. Esa tarde, me confesé reincidente del vicio de escribir y del delito de conspirar con la tinta, mientras trece hombres serían indultados por la gracia de esta publicación.donde-el-tiempo-se-detiene

¡Vaya con esta extraña manía de rumiar historias para contar!

Nota: Un mes después, recibí la carta de Luis Huertas, uno de estos cómplices de la palabra, que me decía: “¿Sabe? Tengo pocos amigos, los cuento con una mano. Pero a usted la cuento con el corazón”.

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