Taller de cuento en el Complejo Correccional Institución 296, Guayama (2015) Prof. Dalia Stella González

Prólogo del libro: De adentro hacia afuera: Antología de cuentos y cartas desde las prisiones

por: Dalia Stella González

Conocía muy bien el lastimero sonido de los portones de rejas, las reglas, prohibiciones y registros que marcan el territorio inefable de que se ha llegado a una prisión. Esta vez no firmé en el libro de abogados como en todas mis anteriores visitas. Pedí el libro de civiles porque mi cita por ocho lunes con estos hombres quería que constara en el libro civitas, es decir, de los ciudadanos, estos que compartimos iguales posibilidades de construir la ciudad.dalia-stella_n

Comencé mis visitas bajo esta nueva identidad de escritora/maestra a finales del año pasado, cuando el Instituto de Formación Literaria, que dirige la escritora Mara Daisy Cruz, me invitó a ofrecer un taller de cuento en la cárcel Anexo 500 en mi pueblo de Guayama. Ellos necesitaban un proyecto que contribuyera a la rehabilitación, y yo regresar a la institución penal para compartir un nuevo lenguaje, que estuviera despojado del ropaje jurídico. O más bien, revestida de palabras, desde la trinchera de la ficción,  que expresan  la condición humana.

El salón en el área educativa, en sí mismo, resultaba un espacio ficcionado que provocaba imaginar, por dos horas a la semana, que se fabulaba y escribía como en cualquier taller para escritores primerizos y apasionados: sin barrotes.dsc_0198-2

La conexión entre nosotros fue inmediata y los resultados eran sorprendentes. Pero entonces, una mañana al final de la tercera sesión, aconteció lo que da origen a esta antología. El más avivado e inquieto de todos los participantes se me acercó para entregarme un sobre. “Por favor, léala al salir de aquí”, me dijo. Confieso que tomé la petición con cierto recelo. Pensé que podía tratarse de una consulta legal o, peor aún, una solicitud para representarlo en algún proceso. Desplegando el escepticismo que, ocasionalmente, exhibimos algunos escritores cuando creemos conocer lo que sucederá después, respondí: “Por supuesto, cuenta con ello”. Afortunadamente, me equivoqué. La carta era un grito desesperado de un escritor en ciernes que anhelaba una mentora y ser leído por otros.

“…ya hice mi tarea, escribí el cuento y podría escribir 10 más con esas mismas 5 palabras o 1,000 más. Quiero escribir, licenciada, quiero publicar, quiero ser leído, quiero tener lectores que se conmuevan con mis palabras. Escribir se ha convertido en mi vida, en mi sueño, en mi última oportunidad de lograr ser alguien en esta vida. Quiero esa inmortalidad, no me importa si son 10 o 10,000 los lectores que disfruten de mis libros, después de que los hayan leídos…”dsc_0360

Él no sabía que ya me tenía como su lectora voraz; también, ignoraba que compartíamos los mismos anhelos, solo que él estaba confinado mientras yo desperdiciaba un tanto mi libertad.  Mi respuesta en la siguiente sesión lo llenó de esperanza y a mí de incertidumbre. ¿Cómo podía ayudarlo? ¿Qué podía hacer para darle sentido a la vida de estos hombres? Hice mío el sueño de este joven. Me convertí en su mentora, en cómplice de aventuras literarias. En cada reunión los vi crecer a cada uno conforme sus capacidades. Mientras, comprobaba la pasión y tesón del joven escritor, por lo que le asignaba doble tarea. Al final del curso, decidí incluir una copia de aquella carta entre los documentos que me requería evidenciarle la directora del IFL, Mara Daisy Cruz.

El joven escritor no solo obtuvo una segunda lectora, sino que abrió paso a un segundo taller y a esta publicación. Los talleres se extendieron a la institución de máxima seguridad, Guayama 296, con notables y asombrosos relatos. Pero aún me quedaba una pregunta sin resolver. ¿Qué podía hacer para darle sentido a la vida de estos hombres? La antología sería un logro extraordinario, histórico. ¿Suficiente?

PortadaDesdeAdentro.inddRegresé la semana siguiente, luego de haberse culminado los talleres, para coordinar asuntos de edición y publicación. Me sorprendió otra nota, esta vez leída frente a todos los participantes, correspondía a la 296.

“Las palabras tienen un gran poder, solo hay que aprender cómo utilizarlas adecuadamente asegurándose que lo que escribes cale profundo en quien lo lea.[…] Como en ninguna o muy pocas ocasiones he tenido el privilegio y la bendición de encontrar en mi camino un ser humano que no solamente creyó en mí y en todos los aquí presentes, pero también buscó la manera de que cada uno de nosotros sacáramos de nuestro interior lo mejor de nosotros… aunque solo fueron 8 días, para mí fueron una vida.”

Lo habíamos logrado. En el proceso nos habíamos tatuado el alma mutuamente.

Mucho se ha escrito sobre la poética del encierro. Pero estos cuentos que están a punto de leer –sino es que ya los leyeron y optaron por leer este prólogo al final, por lo que les felicito –no cuentan las historias de las prisiones ni gangas ni arrepentimientos acartonados. Cuentan relatos humanos desde la libertad que genera la mezcla del papel, la tinta y el alma en cualquier lugar. Cada escritor carga experiencias, oficios y trasfondos distintos, ceñidos a dos mismos denominadores comunes: un mismo espacio y la incesante búsqueda de su verdadera voz.

Puede que unos salgan del espacio común primero que otros, pero les aseguro que todos han alcanzado a reconocer su voz verdadera. Eso es poder, desde adentro hacia afuera.

 

 

 

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